jueves, 24 de enero de 2019
VERANO...
Solo la canción del viento se escuchaba aquella tarde. Al levantar la mirada podía notarse como las grandes nubes de algodón azucarado se movían al ritmo del soplido que dejaba la ventisca.
La señal veraniega de un enero lleno de hojas volando en los caminos. Ríos que van bajando poco a poco su caudal como queriendo ahorrar entre charcos y piedras el preciado liquido que llena de vida todo a su paso.
Es hora de respirar hondo y sentir el aroma de los caminos que huelen a madera seca que se usa como leña en los fogones. Se observa el árido terreno de los senderos del terruño rodeado ahora solo por los ramajes que han quedado desvestidos ante el paso de los días y su respiración implacable. Han caído todas las hojas... se levantan las granuladas nubes de polvo con el vendaval y sus embates... Y se logran observar a los pájaros carpinteros entrando en sus nidos taladrados entre los troncos de maderos que han sucumbido ante la madre naturaleza, como el mejor escondite ante el sol, la mejor forma de huir del viento bandido y ladrón de posibilidades sombrías.
Empiezan las carreras entre nubes blancas y ambarinas. ¿Cuál ha de llegar primero a besar la montaña? El soplido huracanado mezclado con calor de tierra se va discrepando... se evaporan los tiempos entre gotas del rocío que se han escondido bajo los hongos blancos de un tronco de cedro que amargo llora su próximo morir...
Se observa la tarde... Y los aromas de frescor empiezan a buscar su salida para avisarle a la noche que es hora de levantarse.
El cielo está adornado de ambarinos colores, que se mezclan con la blancura tímida de las nubes que ya se van dejando vencer por el sueño de un día más que llegará.
Se cobija la tierra con las hojas multicolores, algunas verdes, otras teñidas de verano, otras quemadas y algunas dispuestas a volar...
Se ven las arboledas secas, soñando entre el danzar de una noche que se asoma, y la carrera de las nubes llegando al monte que cantante solo besa las horas para hacerse más viejo cada año...
Rapherty Villalobos Soto.
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados 2019.
jueves, 10 de enero de 2019
INUNDADA MI INSPIRACIÓN
Mientras daban las seis menos diez minutos en el reloj, y mis ojos se levantaban mirando la altura de la montaña. El verdor se hacía mas notorio entre segundos que morían con lo poco que quedaba del anochecer anterior. El sol imponente abrasaba la colina, besándola con sus rayos de calor que poco a poco iban secando las sudorosas gotas de rocío que andaban bailando entre las hojas de las matas de café.
Amanecía en las alturas de Escazú, cerca del cerro del Bello Horizonte, y se evaporaba con la llegada del astro rey, cada esperanza que descansaba sobre los ramajes de algunos pinos y cipreses. Enamorados los cielos de la tierra, coqueteaban algunas nubes blancas entre horas de nueva luz. Agonizaba la madrugada que se marchaba con su frío y su soledad... Con los ojos soñolientos se pintaron de azul mis pupilas, y mis labios se llenaron de emoción al sentir que la brisa en mi rostro me cantaba la canción de un nuevo amanecer.
Ya se sentía el ''calientito'' de aquella luz maravillosa que adornaba cual corona la montaña, como si esta fuese la reina homenajeada de la naturaleza. Con su falda de arboledas y sus guantes de neblina, con sus zapatillas de cristalinas gotas de lluvia pasada, y sus pendientes de lirio colgando de sus orejas. Ataviada a su cintura el cerco de veraneras, con una piedra enorme que sostiene la base donde se posa para contemplar su reino.
Ya son las seis con diez minutos en la mañana, y el día va caminando en busca de su perfección. Se ven las gentes saliendo de sus casas para ganar el pan nuestro de cada día. Se llenan los caminos, se inundan los senderos, se escucha el sonido de los pasos del labriego sencillo llevando al pasto el ganado bajo la mirada imponente del sol que besa la colina sin tregua en este hermoso iniciar de vida. Los aromas saliendo de las cocinas, y las mesas adornadas con las manitas callosas de las mujeres experimentadas que han dado a luz con dolor los hijos que resguardan estos montes.
Llora el yigüirro su lamento clamando al cielo por la lluvia, y se mira la guaria sobre las tapias saludando al caminante. Sonríen los ríos con sus canto y vuelan los sueños de aquel hermoso paisaje que se describe con tan solo una mirada...
¡Así es mi tierra!... Pedacito del cielo que Dios nos dio, y que hoy inunda de alegría mi inspiración.
Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados de autoría 2019.
jueves, 13 de diciembre de 2018
DON VICENTE Y DOÑA VIKY SOLANO.
La brisa fría de las mañanas de diciembre acariciando mi rostro, mientras el sol va reverdeciendo cada hoja, y cada tallo que con su calor toca.
Huele a tamales, a agua dulce con leche bien calientita recién salida de la cocina. Preparado todo con las manitas arrugaditas de tantos años de doña Viky Solano. Se ve como pasa el limpión blanco sobre las hojas verdes soasadas, hasta dejarlas relucientes y listas para llenarlas con la masa y todo el amor de su corazón para con su familia. La leña ya esta cortada y colocada cerca del fogón donde descansará la olla que se encargará de cocinar la ''tamaleada''
La risa de doña Viky, y el jugueteo de los pequeños... Una mezcla de niñez con experiencia en todo el hogar. Se empieza a sentir el aroma a leña recién quemada, y el humo blanco adornando los tejados al escapar por la chimenea. En la silla mecedora está don Vicente, esposo de doña Viky, un hombre que ha sido formado por la naturaleza del campo, empuñando el hacha y pasando la lima afiladora sobre la hoja para quitarle las asperezas y dejarla como nueva para cuando la vuelva a ocupar. Con un ''jarrita'' de café humeante, besando la lata del vaso en cada sorbo mientras con la otra mano no deja de afilar la herramienta. Sentado en esa silla que parece ser su mundo, solo espera a que el amor de su vida, Doña Viky, le diga -papaito'' necesito que me traigas mas leña para el fuego-
De lo contrario, no se levantará de su silla para nada. Luego de sesenta y ocho años de estar en esas tierras puriscaleñas, donde conoció a su amor, a su ''viejita'' como le dice de cariño, donde vio incluso la partida de sus padres. Don Vicente, con sus pantalones de ruedos arrollados, y el mecáte de cocaleca que usa en vez de un cinturón, sus pies descalzos sobre el piso reluciente de ocre pulido por la misma Doña Viky, con su par de botas de hule negritas a su costado esperando para ser usadas, negritas de tanto lavarlas. Su camisa de cuadros con un nudo a la altura del ombligo, y su ''machete'' bien puesto en la cintura. Ya este hombre de tantos años era parte del paisaje de mi bello Santa Lucía, caminando por los senderos de piedrilla y lastre de la mano de su ''viejita''
Doña Viky con su pañuelo rojo cubriéndole la cabeza, por donde a veces se le escapaban algunas canas que adornaban su mirada con el color plateado del pasar de los años, lentes redondos para bien ver y su delantal de color verde que ella misma había hecho para las labores del hogar. Aquella humilde señora que no era más que el amor personificado, el cariño hablando de viva voz. Ya con sus sandalias tejidas se veía hacendosa en la elaboración de los tamales, en la compañía de sus nietos y el amor vigilante e incansable de Don Vicente que no permitía que nadie le dijera nada, a esa mujer tan llena de amor que escogió como su compañera de vida en su juventud.
El fuego esta en su punto, y ya los tamales están bien amarraditos de dos en dos, listos para ser colocados en la olla para que el fuego haga lo suyo.
Ya son las doce medio día en Puriscal, y el aroma de terruño se va sintiendo cada vez más en cada casita.
Huele a diciembre... y el viento lo pregona en su cantar...
Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados 2018
imagen de la red con fines ilustrativos

martes, 4 de diciembre de 2018
ATARDECER
Cae la tarde... Y se ve la huella del ambarino celaje diciendo adiós al día. Es el sol que se ve caminando rumbo al mar. Allá donde su novia le espera vestida de noche con una luna en el cuello para cuidar su sueño. Las montañas no se ven ya azules, la distancia las ha puesto de tono grisaseo cual sombra que anuncia las seis de la tarde.
Sopla el viento... canta una canción de bienvenida que baila con el frío que inunda la aparición de la noche y la muerte de la tarde. En los ventanales de las casas se ven las luces tímidas de las llamas que viven en el mechón de los candelas, que a su vez descansan en los candelabros, algunos de madera, otros de metal, y los más finos de cerámica.
Los cristales empañados de calor de hogar, mezclado con frío serenado. La brisa va y viene por todas las callejuelas y senderos del barrio Santa Lucía. Ya algunos se ven vacíos, solo con el polvoriento paso de las huellas que quedaron marcadas como una nostálgica seña del pasar del día.
El río se ha silenciado, porque la ausencia de las lluvias se llevaron en sus regazos la bravura de su caudal.
Solo se ve una quietud dibujada en las horas marchantes como soldados que no se detienen. Y el tic tac del reloj en su mecida de lado a lado responsable de que la noche sea tan bendecida como el día.
Solo el aullido de unos cuantos árboles que sen besados a bocanadas por la brisa, se escuchan entre las rendijas de algunos tejados y uno que otro orificio en las tablas que sostienen las humildes casas en el barrio. Pero aunque el frío y la brisa se encargan de adornar la noche con sus trajes de gala y sus guirnaldas, con sarsillos y collares de rocío. En los hogares el calor se siente como el aire que se respira limpiamente entre suspiro y suspiro, con el romance de una noche de tertulia.
Son las seis de la tarde, y ya es cubierto todo por los grillos y los abejones, por las luciérnagas que alumbraran el cielo de un ventanal enamorado antes de dormir...
Rapherty Villalobos Sotos
Autor de Ilusiones
Costa Rica .
d r 2018

Cae la tarde... Y se ve la huella del ambarino celaje diciendo adiós al día. Es el sol que se ve caminando rumbo al mar. Allá donde su novia le espera vestida de noche con una luna en el cuello para cuidar su sueño. Las montañas no se ven ya azules, la distancia las ha puesto de tono grisaseo cual sombra que anuncia las seis de la tarde.
Sopla el viento... canta una canción de bienvenida que baila con el frío que inunda la aparición de la noche y la muerte de la tarde. En los ventanales de las casas se ven las luces tímidas de las llamas que viven en el mechón de los candelas, que a su vez descansan en los candelabros, algunos de madera, otros de metal, y los más finos de cerámica.
Los cristales empañados de calor de hogar, mezclado con frío serenado. La brisa va y viene por todas las callejuelas y senderos del barrio Santa Lucía. Ya algunos se ven vacíos, solo con el polvoriento paso de las huellas que quedaron marcadas como una nostálgica seña del pasar del día.
El río se ha silenciado, porque la ausencia de las lluvias se llevaron en sus regazos la bravura de su caudal.
Solo se ve una quietud dibujada en las horas marchantes como soldados que no se detienen. Y el tic tac del reloj en su mecida de lado a lado responsable de que la noche sea tan bendecida como el día.
Solo el aullido de unos cuantos árboles que sen besados a bocanadas por la brisa, se escuchan entre las rendijas de algunos tejados y uno que otro orificio en las tablas que sostienen las humildes casas en el barrio. Pero aunque el frío y la brisa se encargan de adornar la noche con sus trajes de gala y sus guirnaldas, con sarsillos y collares de rocío. En los hogares el calor se siente como el aire que se respira limpiamente entre suspiro y suspiro, con el romance de una noche de tertulia.
Son las seis de la tarde, y ya es cubierto todo por los grillos y los abejones, por las luciérnagas que alumbraran el cielo de un ventanal enamorado antes de dormir...
Rapherty Villalobos Sotos
Autor de Ilusiones
Costa Rica .
d r 2018
miércoles, 28 de noviembre de 2018
EL HOMBRE EN LA SILLA.
Allí estaba yo sentado... Abrazado a una taza de café que besaba en medio del pasar del tiempo. Viendo como el humo caliente del café se mecía al ritmo de la brisa burlona cada vez que me acercaba el jarro a la boca con ambas manos, para besarle con serenidad.
Acomodado en una silla de de madera que se mecía con el impulso de mi pie. Reposado sobre dos cojines hechos de trapos viejos y ropas que ya no se usan, guardados en una funda que asemeja una almohada ''hechiza''
Con mi abrigo de cuadros, y unos pantaloncillos de mezclilla azul, comunes y corrientes, y unas sandalias que cubren solo las plantas de mis pies. Sintiendo el frío de las mañanas de noviembre, enamorándome del paisaje de unas montañas llenas de lejanía ante mis ojos. Un cielo blanco lleno de nubes que huyen en el viento, del sol travieso que las traspasa con sus rayos de calor.
Mi piel eriza... Siento que la vida me ha dado lo justo y merecido cada vez que logro ver los tucanes en las arboledas, jugando entre los follajes.
Cantan los lirios el mecer de sus campanas, despidiendo aquel aroma a noche y soledad. Llamando al cedro que reina en el centro de la cerca para que no deje de despedir su aroma de grandeza. Todo está en su lugar, y cada lugar es un espacio equilibrado donde no puede faltar nada. Levanto mi mirada y logro ver algunas gotas de rocío armando el espectáculo, como trapecistas colgando del borde del tejado.
Yo solo estoy sentado en una silla, viendo como los segundos sin tregua se llevan el día a día de todo lo que me rodea.
No hay nada que cambiar, y el show debe continuar. Esta escrito en cada piedra por donde el caudal de la quebrada de la calle la Cachera pasa libremente. Y vuela la existencia en las alas de los caciques y sus plumajes rojos.
Si esta silla pudiera hablar en cada tarde de lunes. Si la quietud fuera la oradora de mis noches en compañía de un café...
Tomo otro sorbo más de café, amando el calor que resbala por mi garganta. Calentando mis venas, mi sangre y mi pensamiento, sin dejar de mirar cada detalle, incluso el musgo verde que crece como alfombra en las gradas de la entrada de mi casa. Me siento un rey disfrutando de su reino... Aunque solo sea un hombre sentado en una silla de madera.
Ya llegó la hora de levantarme, de dejar que descanse ese lugar tan preciado donde me siento a ver pasar las horas. Enamorado de la vida, y con algunos recuerdos haciendo desorden en mi mente. A veces creo que esta bendita locura es lo que todo hombre que se sienta en una silla puede anhelar para seguir viviendo...
Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica.
derechos reservados.
IMAGEN DE LA RED
jueves, 22 de noviembre de 2018
LA CABAÑA DEL TÍO HUGO
En la cabaña del Tío Hugo, en las cercanías del cerro Zurquí, el sol empezaba a besar tiernamente el tejado de la sencilla choza. Una casita con paredes de adobe, pintada con los clásicos colores blanco y azul de aquellas épocas de antaño. Con tejas del color ladrillo que adornaban cada rincón del techo. Y pegadas con algo de brea para que el agua no se colara por las hendiduras. Una puerta de madera de pino toda tallada a mano, parecía como si hubiese sido creada para el paso de un palacio, y los ventanales divididos en cuadros de cuatro cristales donde se podía ver caer el sereno de las montañas aledañas al cerro y la blancura de unas cuantas nubes de niebla que se paseaban por los caminos desde la vía principal hasta el bosque de pinos y cipreses. Todo se podía ver acariciado por la mano de la brisa mezclada con ligero rocío celestial. Incluso el río Concepción se lucía con su música al pasar su caudal entre las piedras afinadas por el agua que no se detenía., agua limpia y cristalina agua que era el manjar de los caminantes que a diario pasaban por aquellos rincones apartados de la ciudad. Ya en los arbustos cercanos a la cabaña las frambuesas se ven adornando de color rojo el ambiente, el dulce sabor de los campos pidiendo sea cosechado para que en las cocinas de los hogares las abuelitas puedan hacer la rica mermelada para endulzar el paladar.
El tío Hugo saca su silla mecedora, donde suele sentarse con el sombrerito que usa para tapar su calvicie y su pipa, unas pantuflas de lana en sus pies, y la bufanda que le calienta el cuello y parte de su pecho. Llena con algo de tabaco la madera de la pipa, y con un tizón de la chimenea se dispone a fumar su tabaco aromatizando la casa del olor a vainilla y chocolate. Aquella chimenea donde de chamaco con mis hermanos solíamos acostarnos en las colchonetas de paja para pasar calientes toda la noche. Esa chimenea que sigue siendo la misma, hecha con ladrillos y el ingenio del querido Tío Hugo, que toda su vida la dedicó a las construcciones.
Él besa la pipa una y otra vez, mientras que con uno de sus pies impulsa la silla meciéndose suavemente sobre el piso de ocre rojo. Viendo como cae la tímida llovizna que no es más que el anuncio del despertar cercano de un nuevo verano. A su lado su fiel amigo Cuzco, un perro negro algo perezoso, de mirada fiera pero obediente, el guardián de la cabaña, y de la vida del anciano Tío Hugo que solo espera con paciencia en su mirada el pasar de los años.
Se acerca la tarde, él parece una estatua adornando el pequeño corredor de la casa, en compañía del can, y el aroma del pino hecho leña a base de hacha, que es utilizada para alimentar el fuego de aquel lugar tan especial. Todo tiene su lugar en aquella casa, desde el tejado hasta el último jarrón que adorna cada esquina de la casa. Aún huele a hogar, se respira el silencio de paz que hay en la canción de las montañas, y el trinar de los pajarillos de pecho amarillo que con su tonada llenan de alegría aquellos celajes que parecen llorar en cada gota de lluvia caída por la soledad de las cumbres del Cerro Zurquí.
Y el Tío Hugo con su montón de años, sus sueños al hombro y su sonrisa coqueta, levanta la mano para saludar al atardecer. Se ve desde la estancia el sol ambarino escondiéndose entre las montañas, cubriendo su paso con algunas nubes que se han quedado enredadas en le firmamento. En sus adentros dice -ya es hora de levantarme de la silla-
Abrigando su espalda con el abrigo de lana a cuadros que le regaló la abuelita, y enrollando una vez más su bufanda, sacude la pipa antes de entrar, botando la ceniza acumulada, y dando pasitos con sus pantuflas de lana por el piso enrojecido por el ocre. El eco lo espera sentado en el sillón, donde como cada día enciende su viejo radio de transistores para escuchar esa música que tanto le gusta y algunas que otras noticias que lo hacen mantenerse conectado con el mundo. Y mientras el crepitar de los troncos en el fuego de la chimenea se consumen, el Tío Hugo le da la bienvenida a la noche que viene a dormir con él.
Y la cabaña sigue siendo la misma, viendo en sus adentros como las horas tiñen de blanco el escaso cabello que queda en la cabeza pensante del humilde señor.
Como parte del paisaje, la vejez sencilla y campesina del hombre, que en su cabaña vive la alegría de su soledad esperando a que los minutos tengan a bien acompañarle a tomar un café...
Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
derechos reservados
Costa Rica.
Imagen de la red

En la cabaña del Tío Hugo, en las cercanías del cerro Zurquí, el sol empezaba a besar tiernamente el tejado de la sencilla choza. Una casita con paredes de adobe, pintada con los clásicos colores blanco y azul de aquellas épocas de antaño. Con tejas del color ladrillo que adornaban cada rincón del techo. Y pegadas con algo de brea para que el agua no se colara por las hendiduras. Una puerta de madera de pino toda tallada a mano, parecía como si hubiese sido creada para el paso de un palacio, y los ventanales divididos en cuadros de cuatro cristales donde se podía ver caer el sereno de las montañas aledañas al cerro y la blancura de unas cuantas nubes de niebla que se paseaban por los caminos desde la vía principal hasta el bosque de pinos y cipreses. Todo se podía ver acariciado por la mano de la brisa mezclada con ligero rocío celestial. Incluso el río Concepción se lucía con su música al pasar su caudal entre las piedras afinadas por el agua que no se detenía., agua limpia y cristalina agua que era el manjar de los caminantes que a diario pasaban por aquellos rincones apartados de la ciudad. Ya en los arbustos cercanos a la cabaña las frambuesas se ven adornando de color rojo el ambiente, el dulce sabor de los campos pidiendo sea cosechado para que en las cocinas de los hogares las abuelitas puedan hacer la rica mermelada para endulzar el paladar.
El tío Hugo saca su silla mecedora, donde suele sentarse con el sombrerito que usa para tapar su calvicie y su pipa, unas pantuflas de lana en sus pies, y la bufanda que le calienta el cuello y parte de su pecho. Llena con algo de tabaco la madera de la pipa, y con un tizón de la chimenea se dispone a fumar su tabaco aromatizando la casa del olor a vainilla y chocolate. Aquella chimenea donde de chamaco con mis hermanos solíamos acostarnos en las colchonetas de paja para pasar calientes toda la noche. Esa chimenea que sigue siendo la misma, hecha con ladrillos y el ingenio del querido Tío Hugo, que toda su vida la dedicó a las construcciones.
Él besa la pipa una y otra vez, mientras que con uno de sus pies impulsa la silla meciéndose suavemente sobre el piso de ocre rojo. Viendo como cae la tímida llovizna que no es más que el anuncio del despertar cercano de un nuevo verano. A su lado su fiel amigo Cuzco, un perro negro algo perezoso, de mirada fiera pero obediente, el guardián de la cabaña, y de la vida del anciano Tío Hugo que solo espera con paciencia en su mirada el pasar de los años.
Se acerca la tarde, él parece una estatua adornando el pequeño corredor de la casa, en compañía del can, y el aroma del pino hecho leña a base de hacha, que es utilizada para alimentar el fuego de aquel lugar tan especial. Todo tiene su lugar en aquella casa, desde el tejado hasta el último jarrón que adorna cada esquina de la casa. Aún huele a hogar, se respira el silencio de paz que hay en la canción de las montañas, y el trinar de los pajarillos de pecho amarillo que con su tonada llenan de alegría aquellos celajes que parecen llorar en cada gota de lluvia caída por la soledad de las cumbres del Cerro Zurquí.
Y el Tío Hugo con su montón de años, sus sueños al hombro y su sonrisa coqueta, levanta la mano para saludar al atardecer. Se ve desde la estancia el sol ambarino escondiéndose entre las montañas, cubriendo su paso con algunas nubes que se han quedado enredadas en le firmamento. En sus adentros dice -ya es hora de levantarme de la silla-
Abrigando su espalda con el abrigo de lana a cuadros que le regaló la abuelita, y enrollando una vez más su bufanda, sacude la pipa antes de entrar, botando la ceniza acumulada, y dando pasitos con sus pantuflas de lana por el piso enrojecido por el ocre. El eco lo espera sentado en el sillón, donde como cada día enciende su viejo radio de transistores para escuchar esa música que tanto le gusta y algunas que otras noticias que lo hacen mantenerse conectado con el mundo. Y mientras el crepitar de los troncos en el fuego de la chimenea se consumen, el Tío Hugo le da la bienvenida a la noche que viene a dormir con él.
Y la cabaña sigue siendo la misma, viendo en sus adentros como las horas tiñen de blanco el escaso cabello que queda en la cabeza pensante del humilde señor.
Como parte del paisaje, la vejez sencilla y campesina del hombre, que en su cabaña vive la alegría de su soledad esperando a que los minutos tengan a bien acompañarle a tomar un café...
Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
derechos reservados
Costa Rica.
Imagen de la red

miércoles, 14 de noviembre de 2018
HUELE A DICIEMBRE.
El viento sopla su canción, y las ramas de los pinos se suman al concierto en coro entre la ligera llovizna y las grises nubes del firmamento. Huele a ciprés y a hermosa serenidad. En medio de los fríos de noviembre ya las sonrisas de las gentes empiezan a adornar los rostros de los adultos y a llenar de algarabía los corazones de los niños y los jóvenes.
-Hay que preparar las hojas pa' los ''tamalitos'' antes de que el viento las corte todas - dice doña China. Una noble señora de manitas arrugadas y piel canela. Con sus lentes para poder ver un poco más allá de su nariz, su cabello largo y trenzado color negro. Su delantal puesto con pastoras bordadas en las bolsas como adorno. Una imagen que hace recordar que ya el final del año se acerca.
Mientras tanto el avance del día no se nota por la ligera nubosidad que cuenta como un una historia de nunca acabarse la etapa de transición del invierno al verano. Aún caen lluvias, solo que llenas de timidez... Y el sol por las mañanas se esconde lleno de vagancia entre el salir por las montañas y el escondite entre las nubes.
Por la callejuela de lastre se escucha el rodar de la carreta de don Pedro. Se oye el paso majando las piedras y la arena por el carruaje que es tirado por dos bueyes blancos. Robustos animales en cuya humildad y sumisión el señor que los guía ha puesto toda la confianza del transporte de su leña y sus frutos pa' la cocina de doña China.
-Buenos días Don pedro, ¿como dice uste' que me le va yendo?- Se escucha desde una de las casas de madera y barro que adornan el camino puriscaleño.
Y don Pedro con su figura tosca y valerosa, sus pies descalzos y los ruedos de su pantalón doblados hasta arriba del tobillo. Con mirada fuerte y penetrante, pero con una sonrisa llena de honestidad y amor solo respondió...
-Pues aquí vamos Don Carlitos, echando pa' alante, jalando leña pa' la mujer porque sino no hay comida en la tardecita. Y ya ve ''uste'' que el cafecito hace mucha falta con estos condenaos ''friitos''-
Huele a diciembre en mi bello Puriscal, y su gente sabe que es una de las épocas en las que la humanidad retorna a sus caminos, en donde nos damos cuenta que todos necesitamos de todos. Y la canción de los cipreses sigue sonando con el pasar de la brisa que anuncia con su rebeldía la llegada de la navidad.
Las pequeñas gotas de llovizna o los ''chubascos'' adornando los ventanales, anunciando el paso de los fríos. Los ''pasitos'' y pesebres en las esquinas de las casas, hechos con el esmero de las mujeres y la ayuda de los niños.
En las matas de los cafetales, las gotas de agua resbalando hasta besar el suelo y alimentar así el fruto de la tierra. Humo blanco saliendo de las cocinitas de leña, abriéndose paso por las chimeneas hechizas en las cocinas. El aroma del terruño donde el seno de la familia podía dar gracias por cada cosa y cada hecho vivido.
Y mientras el verano va asomando sus ojos por en medio de las colinas, el invierno se acuesta en su lecho de hojas verdes y riachuelos esperando que en el próximo año se pueda despertar...
Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados 2018
Imagen de la red.

El viento sopla su canción, y las ramas de los pinos se suman al concierto en coro entre la ligera llovizna y las grises nubes del firmamento. Huele a ciprés y a hermosa serenidad. En medio de los fríos de noviembre ya las sonrisas de las gentes empiezan a adornar los rostros de los adultos y a llenar de algarabía los corazones de los niños y los jóvenes.
-Hay que preparar las hojas pa' los ''tamalitos'' antes de que el viento las corte todas - dice doña China. Una noble señora de manitas arrugadas y piel canela. Con sus lentes para poder ver un poco más allá de su nariz, su cabello largo y trenzado color negro. Su delantal puesto con pastoras bordadas en las bolsas como adorno. Una imagen que hace recordar que ya el final del año se acerca.
Mientras tanto el avance del día no se nota por la ligera nubosidad que cuenta como un una historia de nunca acabarse la etapa de transición del invierno al verano. Aún caen lluvias, solo que llenas de timidez... Y el sol por las mañanas se esconde lleno de vagancia entre el salir por las montañas y el escondite entre las nubes.
Por la callejuela de lastre se escucha el rodar de la carreta de don Pedro. Se oye el paso majando las piedras y la arena por el carruaje que es tirado por dos bueyes blancos. Robustos animales en cuya humildad y sumisión el señor que los guía ha puesto toda la confianza del transporte de su leña y sus frutos pa' la cocina de doña China.
-Buenos días Don pedro, ¿como dice uste' que me le va yendo?- Se escucha desde una de las casas de madera y barro que adornan el camino puriscaleño.
Y don Pedro con su figura tosca y valerosa, sus pies descalzos y los ruedos de su pantalón doblados hasta arriba del tobillo. Con mirada fuerte y penetrante, pero con una sonrisa llena de honestidad y amor solo respondió...
-Pues aquí vamos Don Carlitos, echando pa' alante, jalando leña pa' la mujer porque sino no hay comida en la tardecita. Y ya ve ''uste'' que el cafecito hace mucha falta con estos condenaos ''friitos''-
Huele a diciembre en mi bello Puriscal, y su gente sabe que es una de las épocas en las que la humanidad retorna a sus caminos, en donde nos damos cuenta que todos necesitamos de todos. Y la canción de los cipreses sigue sonando con el pasar de la brisa que anuncia con su rebeldía la llegada de la navidad.
Las pequeñas gotas de llovizna o los ''chubascos'' adornando los ventanales, anunciando el paso de los fríos. Los ''pasitos'' y pesebres en las esquinas de las casas, hechos con el esmero de las mujeres y la ayuda de los niños.
En las matas de los cafetales, las gotas de agua resbalando hasta besar el suelo y alimentar así el fruto de la tierra. Humo blanco saliendo de las cocinitas de leña, abriéndose paso por las chimeneas hechizas en las cocinas. El aroma del terruño donde el seno de la familia podía dar gracias por cada cosa y cada hecho vivido.
Y mientras el verano va asomando sus ojos por en medio de las colinas, el invierno se acuesta en su lecho de hojas verdes y riachuelos esperando que en el próximo año se pueda despertar...
Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
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