jueves, 8 de febrero de 2024

Cae la tarde

 Cae el atardecer sobre las montañas josefinas, se adorna la capital con su frío veraniego dando un matiz ambarino a los pasos de la gente que ya solo espera el final dal día. 

Entre nubes grises y blancas, se despide el sol de un día más y la noche con su luna coloreteada dispuesta a salir con su vestido de estrellas a punto de adornar el ritmo de los edificios más altos de la ciudad. 

Aún no se asoma la noche, sigue escondiendo su timidez tras las cortinas del valles central, y el ruido disminuye poco a poco, como anunciando la llegada de la reina al acercarse las seis de la tarde. 

El paisaje urbano solo se presta para ser visto, no hay nada más para modelar que unas calles repletas de andariegos personajes y unas cuantas gotas de rocío en los parques que profetizan una noche tomada de la mano del hielo... 

Dispuesto a cambiar de página en rumbo a la media noche, algunos solo miran pensando que al día siguiente en la capital de San José todo se verá tan igual como el día de ayer. Pero no se detendrán a notar que las mismas calles por donde pasan todos los días se desgastan como su misma piel. 

El sol se ha marchado, a lo lejos se escucha el beso que entrega al azulado mar que lo ve desaparecer. Llorando los cielos se visten de noche, dejando la muerte del día en manos de las blanquecinas espumas que desde el mundo de concreto donde vivimos no podemos mirar. 

Adios... hasta mañana, se que estás muriendo un día más para dentro de unas horas volver a nacer... 


Rapherty Villalobos Soto 

Autor de Ilusiones 

Costa Rica 

derechos reservados.  

jueves, 10 de septiembre de 2020

 

LA CASITA DE SAN JUAN.

En la casita de San Juan. Allá donde se podían ver los montes dormir al ritmo del sonar, donde los ríos son libres aún y las praderas toman el sol sin ninguna interrupción. 

Recuerdo ese balcón con piso de tablilla de cedro, los pasamanos que lo rodeaban formados a base de cuchillo en manos del artesano. Tan lleno de naturaleza que aún se puede respirar el aroma a madera fresca. Era como estar sentado sobre el silencio del cielo y sus nubes cuando al atardecer la niebla besaba sus ventanales. 

Una silla por aquí, una banca por allá... Y las cortinas dobladas de hermosa manera adornando los marcos que daban a la recamara principal de la casa. Era tan espectacular ver la lluvia caer desde aquel balcón, sentir el viento acariciando el rostro y ver los montes y colinas recibiendo el alimento celestial. 

Allá en mi querido Puriscal, donde se guardan los sueños más bellos en un paraíso de paz y de gente trabajadora. Allá en su bello San Juan donde los árboles de jocote dan el fruto a los niños, y el paso por los ríos es libre porque no hay puentes, solo piedra y agua que forman un caudal donde es delicioso mojarse los pies. 

En al balcón de mis suspiros, en el piso de tablas formadas con mi corazón, en el atardecer ambarino y de celajes encendidos. Donde tantas veces pude ver al tiempo sentado en la baranda mirando como los minutos pasaban rumbo a la noche. 

Allá está la casita donde mis sueños volaron solo una vez. Con sus bigas de madera nazarena sosteniéndola valientemente. Con sus ''graditas'' hechas con amor enamorado hasta llegar a aquel hermoso balcón. 

A veces quisiera ser ese monte lleno de árboles que vigilante de día y de noche fue siempre el resguardo de mi inspiración.  


Rapherty Villalobos Soto 

Costa Rica 

derechos de autoría.


jueves, 1 de agosto de 2019


UN OASIS EN MEDIO DE LAS MONTAÑAS.


La brisa traviesa va y viene coqueteando entre los cerros del Zurquí. Se sienten las gotas serenas de una lluvia incansable sobre el camino antes de llegar al túnel que por años los abuelos lo han llamado igual. La sombrilla e' pobre en las laderas de las grandes paredes de roca, y los helechos adornando el paso de los riachuelos y cascadas. Está cayendo la tarde sobre las montañas y la neblina saluda el paso de los caminantes que, se detienen en su pasear para saborear el agua que la montaña ha purificado.
Algunos pizotes se dejan ver entre las verdes montañas, y se escucha el canto de las aves entre los ramajes recordando que aquella tierra es virgen aún. Las caídas de agua se asoman entre los senderos antes de llegar al río sucio, cuyo nombre se debe al color de sus aguas.  Aquel ancho caudal que le recuerda a los hombres que la naturaleza es de respetar, y que la vida es dada y sostenida por la mano de Dios que tiene misericordia. El aire frío se respira hasta sentir como se van helando los pulmones, y la piel se eriza en cada ráfaga de viento que cruza entre los collados que son inamovibles de su lugar.
La vida se abre paso... Se sostiene  entre los grandes cipreses y laureles que tienen años de existir, se mece la vida entre las ramas del guarumo y el paso del agua cristalina que choca entre las piedras de cada quebrada recordando que la libertad está sembrada en la misma raíz que nosotros intentamos mover.
El paso imponente antes de llegar al túnel Zurquí, subiendo por los bosques de San Luis y San Isidro de Heredia. Luego bajando hasta los linderos de la quebrada Gonzáles, hasta llegar al cruce de Río Frío...
Los atardeceres de mi tierra costarricense me enamoran más cada día, bajo el calor de aquel cantón donde vive un pedazo de mi corazón, la tierra de Pococí, la ciudad de Guapiles en la hermosa provincia caribeña de Limón, donde la lluvia tantas veces me hecho sentir la vida ... Donde el calor me ha enseñado a vivir con él.
Se ven las planicies,  su sabana, el calor de esta tierra que está llena de gente amiga, un espacio tiempo en medio de la inmensidad, tapada por las montañas como si fuera un oasis de nueva ilusión.
El cielo se ha teñido de ambarino paisaje estando yo bajo sus nubes grisáceas. Y luego de madrugada lo he escuchado llorar de alegría llenando de vida todo a su paso con sus tormentas.
Guapiles, pedacito de alegría en el centro de una inmensidad, cuya existencia es tapada como un tesoro bajo la mirada fiera del los Cerros del Zurquí.

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados 2019
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miércoles, 12 de junio de 2019

LAS GOTERAS DE DOÑA AMPARO

No era que la tarde andaba de coqueta, cerrando sus ojos a cuenta gotas., al ritmo de las lluvias de medio año. En la casita de doña Amparo Mejía, el ''tejao'' ya estaba tan viejo que parecía coladera. El agua se metía por todas partes hasta la casa, donde La Doñita, como le decían los chamacos del barrio, ya estaba cansada de andar corriendo los muebles de un ''lao'' a otro.
Un grito enojado y lleno de ira se escuchó desde la cocina:

-¡Pepeeeeeeeeeeeeeee! pedazo de vagabundo, ¿dónde andas muchacho ''atarantao''?- La voz de la viejita que llamaba a su hijo de veinti tantos años pa' que le ayudara un poco, puesto que así como era bueno para comer, que fuero bueno en los quehaceres, de todas formas ni trabajo tenía.

En uno de los cuartos, un cuerpo retorcido de tanto dormir, con la cara tapada por un sombrero de paja, donde solo se le veían salir los pelos de la barba. Con los pies descalzos, y los ruedos del pantalón doblados hasta las rodillas por aquello de la mojada del piso. A Pepe no le estorbaba nada, era de esos hombres que son flojos con muchas ganas. Ni cayos tenía en sus manos puesto que siempre andaba ''escapao'' al trabajo. Con costos y se bañaba de ves en cuando por si las moscas.

-Muchacho condenao, ¿que no escucha que le estoy gritando? Necesito que se suba al tejao a arreglarlo porque ya casi estar adentro de la casa es peor que estar afuera, el chorrito de agua me cae en medio de la espalda, y después sigue mas pa' abajo y pa' que le cuento el frío que me da-  Le decía la Doñita al joven que solo balbuceaba entre dormido y despierto. -Ay ma' mañana ya es muy noche y la ''verda'' estoy muy ''cansao''- Dijo Pepe con los ojos mas achinados de dormir que de otra cosa.

Al rato solo se escuchaban las gotas de agua cayendo en los baldes y casuelas, toda la casa estaba llena de ellos y hasta el copete de agua. Era un concierto de sonidos que de repente se volvieron en silencio en toda la casa, como si hubiera dejado de llover, ni siquiera la Doñita se escuchaba con sus reclamos entre dientes. -Vaya, por fin puedo dormir tranquilo- dijo Pepe en sus adentros. Se enroscó más en su cama, de todas formas allí no había goteras, así que nada le preocupaba...

Soñaba tranquilo y sereno el ''tranquilazo'' de Pepe... Apenas habían pasado treinta minutos y ya el amigo andaba con su mente meciéndose como si estuviera en verano sobre una enramada de frutas maduras listas para comer. Mientras doña Amparo seguía peleando con las goteras y las tejas mal acomodadas. ..
El verano estaba en el sueño de Pepe, el dormía plácidamente, a sus anchas y a sus delgadas con toda la sinvergüenzada del mundo, a tal punto que hasta los zancudos tenían sueño de tanto verlo dormir.
De repente su sueño se tornó en pesadilla, una marejada de agua lo tenía acorralado en su árbol de frutas, no tenía escapatoria alguna. Era evidente que en su sueño moriría ahogado y de frío. Pepe gritaba de desesperación... -ayuuuuuuda, auxilioooooooooo, me muerooooooo-

Cuando tuvo chance de reaccionar, y abrió los ojos del susto lográndose sentar en la cama, lo primero que vio fue la figura de la Doñita Ampara, que con una tina en la mano se reía  a carcajada limpia al escuchar los gritos de Pepe.

-¿De que se ríe ma'? ¡si no está viendo que casi me ahogo! y yo estoy muy pequeño pa morir- Decía Pepe en medio del susto y mirando las carcajadas de la señora  que no podía detenerse.

-Mire condenao, que ahogao ni que mis canas, la que lo mojó fui yo, y como usted lo único que hace es dormir piensa que todas las tonterías que dice son ciertas, así que vaya y sube al techo en este instante y me acomoda las tejas, o lo que le voy a poner de corbata es la tina pero sin agua-

Y así no hubo más remedio que subirse al techo, ya de todas formas estaba ''mojao'' así que ni modo. A ponerle ganas más por miedo que le peguen con la tina que por otra cosa.

Y aún mientras Pepillo arreglaba las tejas, doña Amparo seguía riéndose al ver la cara de ''espantao'' de su hijo. A ver si así se le quita lo vagabundo.

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica.

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jueves, 11 de abril de 2019


EL REGRESO DE LAS LLUVIAS.

Ya se oyen los abuelos hablando del canto de las primeras lluvias. Se nota el cielo abriendo el paso a las nubes cargadas de bendita tormenta.
Llora su lamento el yigüirro entre los ramajes de los árboles del campo, pidiendo al Creador que deje caer las gotas cristalinas de la lluvia para que haya alimento en el mundo. Huele a tierra mojada, a aguacero en los campos de Puriscal. Y los truenos que anuncian en los potreros la caída del milagroso líquido que reverdece los pastos, que hace que e ganado se reúna todo bajo las ramas del árbol más grande contemplar la  niebla que domina poco a poco todo a su paso.
Ahora se escucha el tintineo sobre los tejados, como música suave en un concierto de amor sobre la tierra, se va humedeciendo el polvo de los caminos, se llenan de gotas danzarinas las hojas en las matas de café haciéndolas brillar, el ''maicito'' como dice don Lupe, se ve alegre recibiendo el beso de la tormenta, y la quebrada del Barrio Santa Lucía, por donde está la entrada de la cachera, empieza a crecer su caudal con el agua fecunda que llena su paso.
Se han cargado las hojas del sauce llorón, con lluvia anunciante del atardecer, y el poema del cedro que cubre toda la calle, se ha escrito esta tarde con tinta cristalina caída del cielo.
Y los abuelos sentados en sus mecedoras, mirando como el calor desaparece junto con el polvo al caer tremendo aguacero.
La abuelitas en la cocina preparando el cafecito pa' calentar la garganta, con la ''arepitas'' recién pasadas por el comal, solo el humo se puede escapar por la chimenea de la cocinita e' leña, sin que la lluvia intimide su fuga al más allá.
Huele a  campo, a polvo recién anegado. Se siente la alegría en la tierra que durante el verano estaba en su agonizante aridez y ahora está renaciendo como rosa en pleno madrugar. Se han pintado de sueños los cielos, con sus grisáceos colores  escondiendo los cerros de Carit y Barbacoas...
La noche está por llegar y en medio de la partida del día la brisa dispuesta a arrancar algunas pocas gotas de lluvia de las arboledas, para llevarlas volando hasta los ventanales de las casas de campo, para que los abuelos digan a sus hijos y nietos -es hora de abrigarse ya-
Ha vuelto a llover en Puriscal, se ha enlodado el camino y se han lavado los tejados. Ahora es tiempo de anunciar la llegada del invierno y despedir al verano...

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados 2019.
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miércoles, 3 de abril de 2019

EL SABANERO

Galopaba el viento de la tarde sobre el lomo del caballo sabanero, sujetado de la crin cual jinete que recorría la sabana levantando el polvo del árido terreno de la pampa Liberiana.
Se notaban los colores ambarinos que colgaban de las ramas del majestuoso árbol de guanacaste, aquellos rayos que del sol derramaban la anunciada tarde a pinceladas de rojo soñar entre las nubes. Solo se podía oír el grito del campesino que con sus pasos fuertes y su mano morena de tanto estar bajo el sol, empezaba a llamar al ganado para los corrales...
El perro corriendo entre las reces, como fiel guía para que ninguna se fuera a perder. El polvoriento camino que solo era la huella de un verano arrasador en todos los pastizales.
El paso firme del caballo criollo, imponiendo sobre la aridez su paso de transporte, llevando al sabanero sobre sus lomos, galopando en círculos, y cargando sobre una silla hecha a mano el mecate y el machete como únicas herramientas de aquel hombre en cuya tarde liberiana está su libertad.
Sopla el viento al dar las  cuatro de la tarde con treinta minutos, y en la cordillera que rodea la planicie se nota como el sol se va escondiendo, las nubes se han teñido de color naranja,  y la soledad nocturna anuncia su llegada en la hermosa tierra guanacasteca. Liberia, mi blanca ciudad, donde la noche se hace reina de una luna que solo el amor puede colgar.
Allí te vi sabanero, con tu sombrero puesto y el pañuelo rojo rodeando tu cuello, sujetando la cuerda de los caballos, arriando los bueyes con su carreta, con tus pies descalzos dejando pasos de sencillez, y el cuchillo ''amarrao al sincho'' como buen trabajador. Con las mangas de tu camisa blanca recogidas, dejando que el sol cambie tu tono de piel, creando la callosidad en tu mano debido al trabajo de hombre valiente, de hombre sin comparación.
Galopaba el viento sobre la tarde sabanera, arrullando los follajes del imponente árbol de guanacaste, saludando las flores de veranera que guardaban las entradas a las fincas como finos guardianes de una tierra llena de libertad.
El sabanero con su grito alegre y su corazón ardiendo, solo mira como la luz cambia de tono en aquellas noches liberianas que jamás se han de olvidar...

Rapherty Villalobos Soto
Costa Rica
Autor de Ilusiones
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sábado, 16 de febrero de 2019


HASTA MAÑANA PURISCAL

Cae el sol sobre las montañas santaneñas... Al oeste se ve como el beso ardiente ambarino se adhiere a las cúspides de las colinas.
Se tiñe de tristeza el cielo, la noche anuncia su llegada, el viento canta su himno entre las arboledas  que ya casi no tienen hojas en sus ramajes como clásica caracterización de la estación veraniega.
Son las cinco y media de la tarde y el sol se ha sentado sobre las montañas de Quitiriisí, cerca del mirador de Paso Hondo, escondiéndose entre los bosques de pinos y cipreses. Coloreando algunos senderos por donde la brisa sigue su marcha, dejando ese tono color fuego sobre la tierra que me ha visto nacer.
Se empiezan a asomar las sombras entre los caminos, y algunas lamparas inician su labor de alumbramiento. Al este se asoman las primeras estrellas del atardecer, como si vinieran a despedir al astro rey antes de su total partida. Ya no hay calor fatigante, sino que ahora es solo el espectáculo natural de aquellas colinas pintadas color rojo fuego. Los celajes ambarinos y grisáceos, van muriendo poco a poco...
Como si de un momento a otro Dios llegara y apagara la luz y nos diera ''Hijos míos, ya es hora de dormir''
Solo el borde se ve ya al dar las cinco con cuarenta y seis de la tarde. Y en el mirador de el Alto de las Palomas se ve solo el borde de lo que fue un día más en esta tierra de mis amores. Ahora se escucha el bullicio de los grillos, el canto de los búhos y se escucha el aletear de las aves en los grandes cedros buscando su descanso...
Canta el viento de nuevo su canción de cuna, mientas la luna tímida se asoma con su vestido de noche y sus aretes de cometas, danzando entre los fríos y guiñando sus ojos ante la grandeza de los montes y valles del hermoso Cantón de Mora, sobre la Tierra de Santa Ana y la paz enorme de mi hermoso Puriscal.
Ya son las seis de la tarde, ya el sol está dormido y la noche baila entre las miradas de aquellos que solo esperan en su hogar el momento para ir a dormir.
Se empiezan a escuchar los golpeteos de los ventanales, y las bisagras rechinantes de las puertas hogareñas que son cerradas por sus amas. Mientras los hombres solo miran pasar el tiempo en sus sillas preferidas, contemplando a sus amores terminar el día.
Hasta mañana Puriscal, que Dios te bendiga.

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica
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miércoles, 6 de febrero de 2019


EL VENTANAL DE CARMENCITA.

Frente al ventanal de la casa, se sentaba doña Carmencita. La dueña de aquella casita de paredes de barro y tejados de ladrillo. Con su puerta de madera de tabloncillo de pino, y las campanillas que sonaban con el soplo del viento anunciando la llegada del temporal. Aquella casa parecía sacada de un cuento de hadas; con sus cercas de rosas y veraneras, los vidrios de las ventanas transparentes como limpiados con pureza genuina. Un jardín enorme como para salir a dar un paseo y perderse entre los guayabos y naranjos que adornaban cada rincón de los senderos.
Doña Carmen Aranda de Cortéz, a quien se le conocía solo como Carmencita. La reina de aquella casa que por fuera se veía tan sencilla, pero que por dentro estaba llena de mágicos momentos con su familia y esposo. Ella se sentaba al pie del ventanal a saludar el sol cada mañana, no se movía de su silla como si fuera parte del paisaje desde las seis de la mañana que se levantaba, hasta las nueve que era la hora de empezar con su quehacer, que no era mucho, puesto que siempre estaba sola desde la muerte de su esposo. Se veía siempre peinando sus canas, alardeando al viento su ancianidad y contando historias a la soledad de aquellos inolvidables días de su juventud. Con una taza con humeante café se le escuchaba hablar sola, como en sollozos, tratando de matar el tiempo que inapacible le arrugaba mas su piel cada segundo.
Sentada en su silla, frente a su amado ventanal, sacaba su hilo y su aguja para empezar a bordar los atardeceres. Tomaba los trozos de su vestido largo, hecho a mano con tela de flores, acomodaba sus lentes, dejándolos bien ajustados a su mirada y así empezaban los remiendos en cada prenda que debía ser reparada.
Con su pulso algo tembloroso por la edad, sus manitas huesudas pero llenas de amor, y los callos en las yemas de los dedos que se han formado a base de pincharse con la punta metálica que traspasa de lado a lado la tela en su reparación.
Solo su respiración se escuchaba haciendo eco en toda la casa. Desde la muerte de su esposo Don Felipe Cortéz, doña Carmencita solo abraza el silencio esperando que los días terminen poco a poco.
Ya han pasado dos largos inviernos y un verano desde aquella fecha. Y el sentarse en su silla a ver los temporales es todo lo que posee en su humilde pensar.
Gotas de lluvia caen de vez en cuando en el ventanal de la casa de Carmencita. pequeño rocío que le hace una canción rimada a la solitaria señora que solo tuvo corazón para su verdadero amor.
Nadie jamás fue como Don Feli, como le decían sus amigos. En cuyas manos siempre estuvo la ilusión de enamorar a su adorada Carmencita desde el día en que la conoció hasta el día de su partida. Siempre había una rosa para ella en una botella de vidrio con agua, colocada en el ventanal que tanto ama la anciana mujer.
Ese ventanal que se llena de brisa y lluvia en donde se escucha el nombre de los dos enamorados esperando reunirse algún día en otro paraíso .
Ya es hora de cerrar las puertas y despedir al silencio de la casa. Ella se levanta de su silla  dejando una mirada tierna en el cristal de su ventana, como buscando la rosa que se había ido con Felipe, y que en sus adentros sabía que pronto la iba a recuperar...

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
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jueves, 31 de enero de 2019


DON LUPE.

Radiaba el sol a las seis de la mañana; y Don Lupe ya estaba en pie llenando las alforjas con la comida del día. Abrió las ventanas que parecían pequeñas puertas de madera, entrando de inmediato el frescor del verde cafetalero que rodeaba la propiedad.
A sus cincuenta y dos años, don Guadalupe Avendaño, como es su nombre completo, se sentía en sus propias expresiones como un chiquillo de veinte años. Con sus manos fuertes y llenas de callos a causa del trabajo, la poblada barba blanca por las canas en su rostro tosco de aquellos hombres de antaño. El escaso cabello que le cubría la coronilla, así como un metro ochenta y cinco de estatura que infundía respeto por donde quiera que pasaba.
Su mirada penetrante y fuerte, sus brazos musculosos torneados a causa del embate del cuchillo en su mano contra el monte y la mala hierba de los prados que ha cuidado durante treinta años. Don Lupe, como le decían los amigos de cariño, era realmente un hombre que se formó entre cafetales, entre senderos y troncos de leña quebrada a mano, que era lo que quedaba después de que su trabajo fuerte pasara por los lugares donde existían las faldas de la montaña.
Poniendo en sus alforjas el pan y el queso ahumado que se preparaba en la chimenea. Un recipiente de cerámica fina bien ''tapaito'' como decía él, lleno de frijoles, en otro plato el arroz fresco, recién cocinado. Una botella de lechero con un plástico ''amarrao'' donde se mantenía caliente el cafecito pa' la tarde. Y el pañuelo blanco, como la misma paz que se respira en la tierra, que era el que mojaba con agua del riachuelo para apaciguar los calores de la marcha del día
Son las seis quince de la mañana, y Don Lupe se ha colocado el ''machete'' en la cintura, las alforjas al hombro y el chonete que no se le puede olvidar para tapar el sol y no quemarse la cara. La faja del pantalón bien apretada, y sus botas de hule para cubrirse los pies.
Va dando sus pasos por el pasillo de veraneras que está frente a la casa, y aprovecha para soltar a sus dos fieles acompañantes. Dos perros que no le dejan solo ni un segundo y le cuidan ferozmente como si fuera lo único que tienen. Manchas y Boby, como don Lupe los llamaba. Dos perros de casería que iban delante del señor anunciando la llegada del hombre sencillo a los campos. A lo largo de la entrada de la finca se escuchaban ladrar los dos fieros animales, con su aullido largo y expresivo y unos cuantos metros atrás se sentían los pasos de aquel que se encargaba de que todo estuviera en orden.
Ya estaba por dar las siete de la mañana, como de costumbre don Lupe llegó al bodegón donde estaban sus herramientas, colgó las alforjas bajo la sombra del palo de mango, donde se mantendrían los alimentos lejos del quemante sol, y en las raíces de aquel árbol de fruta, echados los dos guardianes y amigos de don Lupe, Manchas y Boby.
Desabrochó hasta medio pecho su camisa, dio dos dobleces a las mangas para no ensuciar mucho los puños con la mezcla de sudor y polvo, empezando su labor de todos los días.
Solo es escuchaba el choque del filoso cuchillo contra el monte, cuando en cada arrebato la hoja cantaba su canción laboriosa con el viento. Luego podar las matas de café, para prepararlas para la próxima cosecha, y la recolección a mano limpia de las varillas  que servían como leña para los fogones de los patrones. Se le metían algunas astillas en las manos cada vez que cortaba los pequeños troncos, y cuando limpiaba las arraigadas maderas que sobraban de las matas que ya no daban fruto, pero don Lupe seguía valiente dejando sus venas en el trabajo libre, porque en la piel de sus manos ya no se sentía la herida, ni la llaga de la leña, ni de la empuñadura del cuchillo o del hacha, porque sus callosidades eran ya el fruto de las caricias de los años en el campo.
El sudor bajó por la frente de don Lupe, cuando dieron las cuatro de la tarde, tomó su cuchillo y lo puso en la funda, para llegar a la casa a llenarlo de filo para el día siguiente, así que lanzando un silbido llamó a sus dos amigos, les recompensó con una pieza de pan a cada uno y tomó sus alforjas  emprendiendo la marcha a su casa mientras la tarde moría...
Solo el sol se despedía entre las nubes que besaban los altos de Barbacoas, entre los cerros acostados de Santa Lucía y Piedras Negras, por donde el verano había tranquilizado el paso del río Picagres y llenado de hojas los senderos de mi hermosa tierra puriscaleña...

Rapherty Villalobos Soto
Costa Rica
derechos reservados de autoría 2019
Asi es mi Tierra Costarricense.
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jueves, 24 de enero de 2019


VERANO...

Solo la canción del viento se escuchaba aquella tarde. Al levantar la mirada podía notarse como las grandes nubes de algodón azucarado se movían al ritmo del soplido que dejaba la ventisca.
La señal veraniega de un enero lleno de hojas volando en los caminos. Ríos que van bajando poco a poco su caudal como queriendo ahorrar entre charcos y piedras el preciado liquido que llena de vida todo a su paso.
Es hora de respirar hondo y sentir el aroma de los caminos que huelen a madera seca que se usa como leña en los fogones. Se observa el árido terreno de los senderos del terruño rodeado ahora solo por los ramajes que han quedado desvestidos ante el paso de los días y su respiración implacable. Han caído todas las hojas... se levantan las granuladas nubes de polvo con el vendaval y sus embates... Y se logran observar a los pájaros carpinteros entrando en sus nidos taladrados entre los troncos de maderos que han sucumbido ante la madre naturaleza, como el mejor escondite ante el sol, la mejor forma de huir del viento bandido y ladrón de posibilidades sombrías.
Empiezan las carreras entre nubes blancas y ambarinas. ¿Cuál ha de llegar primero a besar la montaña? El soplido huracanado mezclado con calor de tierra se va discrepando... se evaporan los tiempos entre gotas del rocío que se han escondido bajo los hongos blancos de un tronco de cedro que amargo llora su próximo morir...
Se observa la tarde... Y los aromas de frescor empiezan a buscar su salida para avisarle a la noche que es hora de levantarse.
El cielo está adornado de ambarinos colores, que se mezclan con la blancura tímida de las nubes que ya se van dejando vencer por el sueño de un día más que llegará.
Se cobija la tierra con las hojas multicolores, algunas verdes, otras teñidas de verano, otras quemadas y algunas dispuestas a volar...
Se ven las arboledas secas, soñando entre el danzar de una noche que se asoma, y la carrera de las nubes llegando al monte que cantante solo besa las horas para hacerse más viejo cada año...

Rapherty Villalobos Soto.
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados 2019.




jueves, 10 de enero de 2019


INUNDADA MI INSPIRACIÓN

Mientras daban las seis menos diez minutos en el reloj, y mis ojos se levantaban mirando la altura de la montaña. El verdor se hacía mas notorio entre segundos que morían con lo poco que quedaba del anochecer anterior.  El sol imponente abrasaba la colina, besándola con sus rayos de calor que poco a poco iban secando las sudorosas gotas de rocío que andaban bailando entre las hojas de las matas de café.
Amanecía en las alturas de Escazú, cerca del cerro del Bello Horizonte, y se evaporaba con la llegada del astro rey, cada esperanza que descansaba sobre los ramajes de algunos pinos y cipreses. Enamorados los cielos de la tierra, coqueteaban algunas nubes blancas entre horas de nueva luz. Agonizaba la madrugada que se marchaba con su frío y su soledad... Con los ojos soñolientos se pintaron de azul mis pupilas, y mis labios se llenaron de emoción al sentir que la brisa en mi rostro me cantaba la canción de un  nuevo amanecer.
Ya se sentía el ''calientito'' de aquella luz maravillosa que adornaba cual corona la montaña, como si esta fuese la reina homenajeada de la naturaleza. Con su falda de arboledas y sus guantes de neblina, con sus zapatillas de cristalinas gotas de lluvia pasada, y sus pendientes de lirio colgando de sus orejas. Ataviada a su cintura el cerco de veraneras, con una piedra enorme que sostiene la base donde se posa para contemplar su reino.
Ya son las seis con diez minutos en la mañana, y el día va caminando en busca de su perfección. Se ven las gentes saliendo de sus casas para ganar el pan nuestro de cada día. Se llenan los caminos, se inundan los senderos, se escucha el sonido de los pasos del labriego sencillo llevando al pasto el ganado bajo la mirada imponente del sol que besa la colina sin tregua en este hermoso iniciar de vida. Los aromas saliendo de las cocinas, y las mesas adornadas con las manitas callosas de las mujeres experimentadas que han dado a luz con dolor los hijos que resguardan estos montes.
Llora el yigüirro su lamento clamando al cielo por la lluvia, y se mira la guaria sobre las tapias saludando al caminante. Sonríen los ríos con sus canto y vuelan los sueños de aquel hermoso paisaje que se describe con tan solo una mirada...
¡Así es mi tierra!... Pedacito del cielo que Dios nos dio, y que hoy inunda de alegría mi inspiración.

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados de autoría 2019.
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jueves, 13 de diciembre de 2018


DON VICENTE Y DOÑA VIKY SOLANO.

La brisa fría de las mañanas de diciembre acariciando mi rostro, mientras el sol va reverdeciendo cada hoja, y cada tallo que con su calor toca.
Huele a tamales, a agua dulce con leche bien calientita recién salida de la cocina. Preparado todo con las manitas arrugaditas de tantos años de doña Viky Solano. Se ve como  pasa el limpión blanco sobre las hojas verdes soasadas, hasta dejarlas relucientes y listas para llenarlas con la masa y todo el amor de su corazón para con su familia. La leña ya esta cortada y colocada cerca del fogón donde descansará la olla que se encargará de cocinar la ''tamaleada''
La risa de doña Viky, y el jugueteo de los pequeños... Una mezcla de niñez con experiencia en todo el hogar. Se empieza a sentir el aroma a leña recién quemada, y el humo blanco adornando los tejados al escapar por la chimenea. En la silla mecedora está don Vicente, esposo de doña Viky, un hombre que ha sido formado por la naturaleza del campo, empuñando el hacha y pasando la lima afiladora sobre la hoja para quitarle las asperezas y dejarla como nueva para cuando la vuelva a ocupar. Con un ''jarrita'' de café humeante, besando la lata del vaso en cada sorbo mientras con la otra mano no deja de afilar la herramienta. Sentado en esa silla que parece ser su mundo, solo espera a que el amor de su vida, Doña Viky, le diga -papaito'' necesito que me traigas mas leña para el fuego-
De lo contrario, no se levantará de su silla para nada.  Luego de sesenta y ocho años de estar en esas tierras puriscaleñas, donde conoció a su amor, a su ''viejita'' como le dice de cariño, donde vio incluso la partida de sus padres. Don Vicente, con sus pantalones de ruedos arrollados, y el mecáte de cocaleca que usa en vez de un cinturón, sus pies descalzos sobre el piso reluciente de ocre pulido por la misma Doña Viky, con su par de botas de hule negritas a su costado esperando para ser usadas, negritas de tanto lavarlas. Su camisa de cuadros con un nudo a la altura del ombligo, y su ''machete'' bien puesto en la cintura. Ya este hombre de tantos años era parte del paisaje de mi bello Santa Lucía, caminando por los senderos de piedrilla y lastre de la mano de su ''viejita''
Doña Viky con su pañuelo rojo cubriéndole la cabeza, por donde a veces se le escapaban algunas canas que adornaban su mirada con el color plateado del pasar de los años, lentes redondos para bien ver y su delantal de color verde que ella misma había hecho para las labores del hogar.  Aquella humilde señora que no era más que el amor personificado, el cariño hablando de viva voz. Ya con sus sandalias tejidas se veía hacendosa en la elaboración de los tamales, en la compañía de sus nietos y el amor vigilante e incansable de Don Vicente que no permitía que nadie le dijera nada, a esa mujer tan llena de amor que escogió como su compañera de vida en su juventud.
El fuego esta en su punto, y ya los tamales están bien amarraditos de dos en dos, listos para ser colocados en la olla para que el fuego haga lo suyo.
Ya son las doce medio día en Puriscal, y el aroma de terruño se va sintiendo cada vez más en cada casita.
Huele a diciembre... y el viento lo pregona en su cantar...

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
Costa Rica
derechos reservados 2018
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martes, 4 de diciembre de 2018

ATARDECER

Cae la tarde... Y se ve la huella del ambarino celaje diciendo adiós al día. Es el sol que se ve caminando rumbo al mar. Allá donde su novia le espera vestida de noche con una luna en el cuello para cuidar su sueño. Las montañas no se ven ya azules, la distancia las ha puesto de tono grisaseo cual sombra que anuncia las seis de la tarde.
Sopla el viento... canta una canción de bienvenida que baila con el frío que inunda la aparición de la noche y la muerte de la tarde. En los ventanales de las casas se ven las luces tímidas de las llamas que viven en el mechón de los candelas, que a su vez descansan en los candelabros, algunos de madera, otros de metal, y los más finos de cerámica.
Los cristales empañados de calor de hogar, mezclado con frío serenado. La brisa va y viene por todas las callejuelas y senderos del barrio Santa Lucía. Ya algunos se ven vacíos, solo con el polvoriento paso de las huellas que quedaron marcadas como una nostálgica seña del pasar del día.
El río se ha silenciado, porque la ausencia de las lluvias se llevaron en sus regazos la bravura de su caudal.
Solo se ve una quietud dibujada en las horas marchantes como soldados que no se detienen. Y el tic tac del reloj en su mecida de lado a lado responsable de que la noche sea tan bendecida como el día.
Solo el aullido de unos cuantos árboles que sen besados a bocanadas por la brisa, se escuchan entre las rendijas de algunos tejados y uno que otro orificio en las tablas que sostienen las humildes casas en el barrio. Pero aunque el frío y la brisa se encargan de adornar la noche con sus trajes de gala y sus guirnaldas, con sarsillos y collares de rocío. En los hogares el calor se siente como el aire que se respira limpiamente entre suspiro y suspiro, con el romance de una noche de tertulia.
Son las seis de la tarde, y ya es cubierto todo por los grillos y los abejones, por las luciérnagas que alumbraran el cielo de un ventanal enamorado antes de dormir...

Rapherty Villalobos Sotos
Autor de Ilusiones
Costa Rica .
d r 2018 
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miércoles, 28 de noviembre de 2018


EL HOMBRE EN LA SILLA.

Allí estaba yo sentado... Abrazado a una taza de café que besaba en medio del pasar del tiempo. Viendo como el humo caliente del café se mecía al ritmo de la brisa burlona cada vez que me acercaba el jarro a la boca con ambas manos, para besarle con serenidad.
Acomodado en una silla de de madera que se mecía con el impulso de mi pie. Reposado sobre dos cojines hechos de trapos viejos y ropas que ya no se usan, guardados en una funda que asemeja una almohada ''hechiza''
Con mi abrigo de cuadros, y unos pantaloncillos de mezclilla azul, comunes y corrientes, y unas sandalias que cubren solo las plantas de mis pies. Sintiendo el frío de las mañanas de noviembre, enamorándome del paisaje de unas montañas llenas de lejanía ante mis ojos. Un cielo blanco lleno de nubes que huyen en el viento, del sol travieso que las traspasa con sus rayos de calor.
Mi piel eriza... Siento que la vida me ha dado lo justo y merecido cada vez que logro ver los tucanes en las arboledas, jugando entre los follajes.
Cantan los lirios el mecer de sus campanas, despidiendo aquel aroma a noche y soledad. Llamando al cedro que reina en el centro de la cerca para que no deje de despedir su aroma de grandeza. Todo está en su lugar, y cada lugar es un espacio equilibrado donde no puede faltar nada. Levanto mi mirada y logro ver algunas gotas de rocío armando el espectáculo, como trapecistas colgando del borde del tejado.
Yo solo estoy sentado en una silla, viendo como los segundos sin tregua se llevan el día a día de todo lo que me rodea.
No hay nada que cambiar, y el show debe continuar. Esta escrito en cada piedra por donde el caudal de la quebrada de la calle la Cachera pasa libremente. Y vuela la existencia en las alas de los caciques y sus plumajes rojos.
Si esta silla pudiera hablar en cada tarde de lunes. Si la quietud fuera la oradora de mis noches en compañía de un café...
Tomo otro sorbo más de café, amando el calor que resbala por mi garganta. Calentando mis venas, mi sangre y mi pensamiento, sin dejar de mirar cada detalle, incluso el musgo verde que crece como alfombra en las gradas de la entrada de mi casa. Me siento un rey disfrutando de su reino... Aunque solo sea un hombre sentado en una silla de madera.
Ya llegó la hora de levantarme, de dejar que descanse ese lugar tan preciado donde me siento a ver pasar las horas. Enamorado de la vida, y con algunos recuerdos haciendo desorden en mi mente. A veces creo que esta bendita locura es lo que todo hombre que se sienta en una silla puede anhelar para seguir viviendo...

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
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jueves, 22 de noviembre de 2018

LA CABAÑA DEL TÍO HUGO

En la cabaña del Tío Hugo, en las cercanías del cerro Zurquí, el sol empezaba a besar tiernamente el tejado de la sencilla choza. Una casita con paredes de adobe, pintada con los clásicos colores blanco y azul de aquellas épocas de antaño. Con tejas del color ladrillo que adornaban cada rincón del techo. Y pegadas con algo de brea para que el agua no se colara por las hendiduras. Una puerta de madera de pino toda tallada a mano, parecía como si hubiese sido creada para el paso de un palacio, y los ventanales divididos en cuadros de cuatro cristales donde se podía ver caer el sereno de las montañas aledañas al cerro y la blancura de unas cuantas nubes de niebla que se paseaban por los caminos desde la vía principal hasta el bosque de pinos y cipreses. Todo se podía ver acariciado por la mano de la brisa mezclada con ligero rocío celestial. Incluso el río Concepción se lucía con su música al pasar su caudal entre las piedras afinadas por el agua que no se detenía., agua limpia y cristalina agua que era el manjar de los caminantes que a diario pasaban por aquellos rincones apartados de la ciudad. Ya en los arbustos cercanos a la cabaña las frambuesas se ven adornando de color rojo el ambiente, el dulce sabor de los campos pidiendo sea cosechado para que en las cocinas de los hogares las abuelitas puedan hacer la rica mermelada para endulzar el paladar.
El tío Hugo saca su silla mecedora, donde suele sentarse con el  sombrerito que usa para tapar su calvicie y su pipa, unas pantuflas de lana en sus pies, y la bufanda que le calienta el cuello y parte de su pecho. Llena con algo de tabaco la madera de la pipa, y con un tizón de la chimenea se dispone a fumar su tabaco aromatizando la casa del olor a vainilla y chocolate. Aquella chimenea donde de chamaco con mis hermanos solíamos acostarnos en las colchonetas de paja para pasar calientes toda la noche. Esa chimenea que sigue siendo la misma, hecha con ladrillos y el ingenio del querido Tío Hugo, que toda su vida la dedicó a las construcciones.
Él besa la pipa una y otra vez, mientras que con uno de sus pies impulsa la silla meciéndose suavemente sobre el piso de ocre rojo. Viendo como cae la tímida llovizna que no es más que el anuncio del despertar cercano de un nuevo verano. A su lado su fiel amigo Cuzco, un perro negro algo perezoso, de mirada fiera pero obediente, el guardián de la cabaña, y de la vida del anciano Tío Hugo que solo espera con paciencia en su mirada el pasar de los años.
Se acerca la tarde, él parece una estatua adornando el pequeño corredor de la casa, en compañía del can, y el aroma del pino hecho leña a base de hacha, que es utilizada para alimentar el fuego de aquel lugar tan especial. Todo tiene su lugar en aquella casa, desde el tejado hasta el último jarrón que adorna cada esquina de la casa. Aún huele a hogar, se respira el silencio de paz que hay en la canción de las montañas, y el trinar de los pajarillos de pecho amarillo que con su tonada llenan de alegría aquellos celajes que parecen llorar en cada gota de lluvia caída por la soledad de las cumbres del Cerro Zurquí.
Y el Tío Hugo con su montón de años, sus sueños al hombro y su sonrisa coqueta, levanta la mano para saludar al atardecer. Se ve desde la estancia el sol ambarino escondiéndose entre las montañas, cubriendo su paso con algunas nubes que se han quedado enredadas en le firmamento. En sus adentros dice -ya es hora de levantarme de la silla-
Abrigando su espalda con el abrigo de lana a cuadros que le regaló la abuelita, y enrollando una vez más su bufanda, sacude la pipa antes de entrar, botando la ceniza acumulada, y dando pasitos con sus pantuflas de lana por el piso enrojecido por el ocre. El eco lo espera sentado en el sillón, donde como cada día enciende su viejo radio de transistores para escuchar esa música que tanto le gusta y algunas que otras noticias que lo hacen mantenerse conectado con el mundo. Y mientras el crepitar de los troncos en el fuego de la chimenea se consumen, el Tío Hugo le da la bienvenida a la noche que viene a dormir con él.
Y la cabaña sigue siendo la misma, viendo en sus adentros como las horas tiñen de blanco el escaso cabello que queda en la  cabeza pensante del humilde señor.
Como parte del paisaje, la vejez sencilla y campesina del hombre, que en su cabaña vive la alegría de su soledad esperando a que los minutos tengan a bien acompañarle a tomar un café...

Rapherty Villalobos Soto
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miércoles, 14 de noviembre de 2018

HUELE A DICIEMBRE.

El viento sopla su canción, y las ramas de los pinos se suman al concierto en coro entre la ligera llovizna y las grises nubes del firmamento. Huele a ciprés y a hermosa serenidad. En medio de los fríos de noviembre ya las sonrisas de las gentes empiezan a adornar los rostros de los adultos y a llenar de algarabía los corazones de los niños y los jóvenes.

-Hay que preparar las hojas pa' los ''tamalitos'' antes de que el viento las corte todas - dice doña China. Una noble señora de manitas arrugadas y piel canela. Con sus lentes para poder ver un poco más allá de su nariz, su cabello largo y trenzado color negro. Su delantal puesto con pastoras bordadas en las bolsas como adorno. Una imagen que hace recordar que ya el final del año se acerca.

Mientras tanto el avance del día no se nota por la ligera nubosidad que cuenta como un una historia de nunca acabarse la etapa de transición del invierno al verano. Aún caen lluvias, solo que llenas de timidez... Y el sol por las mañanas se esconde lleno de vagancia entre el salir por las montañas y el escondite entre las nubes.

Por la callejuela de lastre se escucha el rodar de la carreta de don Pedro. Se oye el paso majando las piedras y la arena por el carruaje que es tirado por dos bueyes blancos. Robustos animales en cuya humildad y sumisión el señor que los guía ha puesto toda la confianza del transporte de su leña y sus frutos pa' la cocina de doña China.

-Buenos días Don pedro, ¿como dice uste' que me le va yendo?- Se escucha desde una de las casas de madera y barro que adornan el camino puriscaleño.
Y don Pedro con su figura tosca y valerosa, sus pies descalzos y los ruedos de su pantalón doblados hasta arriba del tobillo. Con mirada fuerte y penetrante, pero con una sonrisa llena de honestidad y amor solo respondió...
-Pues aquí vamos Don Carlitos, echando pa' alante, jalando leña pa' la mujer porque sino no hay comida en la tardecita. Y ya ve ''uste'' que el cafecito hace mucha falta con estos condenaos ''friitos''-

Huele a diciembre en mi bello Puriscal, y su gente sabe que es una de las épocas en las que la humanidad retorna a sus caminos, en donde nos damos cuenta que todos necesitamos de todos. Y la canción de los cipreses sigue sonando con el pasar de la brisa que anuncia con su rebeldía la llegada de la navidad.
Las pequeñas gotas de llovizna o los ''chubascos'' adornando los ventanales, anunciando el paso de los fríos. Los ''pasitos''  y pesebres en las esquinas de las casas, hechos con el esmero de las mujeres y la ayuda de los niños.

En las matas de los cafetales, las gotas de agua resbalando hasta besar el suelo y alimentar así el fruto de la tierra. Humo blanco saliendo de las cocinitas de leña, abriéndose paso por las chimeneas hechizas en las cocinas. El aroma del terruño donde el seno de la familia podía dar gracias por cada cosa y cada hecho vivido.

Y mientras el verano va asomando sus ojos por en medio de las colinas, el invierno se acuesta en su lecho de hojas verdes y riachuelos esperando que en el próximo año se pueda despertar...

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilusiones
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sábado, 10 de noviembre de 2018

EL PRÍNCIPE DE LA SABANA.

Un chillido sonó en la mañana, como cuando el ''portoncillo'' del potrero se abre y rechina por la falta de lubricación en sus metales. 
Al fondo, en los pastizales, se veía el árbol de guanacaste con sus ramajes imponentes dando la bienvenida al ganado y a sus pastores. La sola vista de aquel coloso era una invitación para llegar a sentarse bajo su sombra y sacar el ''gallito'' pa' desayunar como Dios manda. 

Entre hojas de plátano y ''limpiones'' blancos con bordados hechos a mano por las ''abuelitas'' los campesinos y pastores de ganado empezaban a saborearse su desayuno. Apenas eran las seis treinta de la mañana y aunque era muy temprano pues, el trabajador con hambre no trabaja bien, así que había que darle algo a estómago. 
Y empezaban a emanar los aromas a ''gallo pinto'' con tortilla ''palmeada'' . A ''cuajada'' fresca  lista para darse cuatro gustos. Sentados en las raíces del gigante guanacasteco los peones y trabajadores con sus pañuelos rojos en el cuello y sus sombreritos pal' sol  empezaban a ''llenar la tripa'' 

A lo lejos se veía venir al capataz, que bueno, el no traía nada para comer porque siempre alguno lo invitaba. Con cara de ''cascarrabias'' con su machete en la cintura, bien ''afilaito'' se acercaba donde los señores estaban comiendo su tamal con ''cafecito chorreao'' y nada más iba pasando revista para ver cual estaba más cargadito de comida. 

El viento soplaba frescor en la mañana, siendo las siete en punto empezó don Cornelio a repartir trabajo entre los pastores y peones del lugar como todos los días de la semana a la misma hora. 
Unos a cuidar el ganado, otros a ordeñar las vacas. Algunos a reparar la cerca de la finca para evitar que se metieran los amigos de lo ajeno a llevarse las vaquillas. Y los más jóvenes a cortar el pasto malo de la finca para que cuando llegaran los dueños aquello estuviera bien ''aseadito'' y como es de suponerse, Don Cornelio a enamorar a la cocinera pa' que en la tardecita le diera su buen almuerzo. 

Todos los bolsos y alforjas quedaban al pie del enorme guanacaste, colgados en sus ramas para que los perrillos no le llegaran a la comida. Y el puñado de bicicletas ahí mismo mal acomodadas, el medio de transporte de los vecinos para poder llegar y salir del trabajo. 

El día avanzaba en el potrero y todo mundo apurándose para aprovechar el tiempo  porque en los campos los minutos se van en un abrir y cerrar de ojos. En un pestañeo ya eran las tres de la tarde y nadie quería salir tarde al pueblo para poder hacer las compras de la noche. Ir al mercado y conseguir la verdura y el pancito del día siguiente y llegar a compartir con sus familias la llegada del anochecer. Y lo más jóvenes llevar a su novia de paseo por el pueblo. 
Don Cornelio, el capataz, vivía ahí mismo y a ese no le preocupaba nada. Solo la molestia de ver como se escapaba de la cocinera que al final de la tarde lo andaba buscando para que le diera sus cariños a cambio del almuerzo que le había dado. Y este medio sinvergüenza  se perdía entre el ganado y el guanacaste para no pagar la deuda del enamoramiento. 

Otro día más en mi hermosa tierra, allá en los polvorientos caminos por donde a pie descalzo pasan todos los trabajadores viendo desde las afueras al imponente y  majestuoso rey de los campos. El árbol de guanacaste príncipe de años de aquella pequeña sabana en medio del paraíso... 

 Rapherty Villalobos Soto 
Autor de Ilusiones 
Costa Rica 
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miércoles, 31 de octubre de 2018

LA COCINA DE MAMÁ

Cuando mi mamá despertaba en las mañanas, apenas el gallo daba sus primeros cantos y el alba se asomaba tímidamente por las ventanas de vidrio y tabloncillo. Lo primero que hacía era irse para la parte de atrás de la casa, a meter la leña para comenzar a darle vida a su cocina. Con sus cabellos largos amarrados con un pañuelito blanco, y su delantal con pastoras dibujadas en cada una de sus bolsas. Eran las cinco y treinta de la mañana y ya sonaban las ollas y las cucharas como un concierto típico de cada alba.
Todo bien limpiecito, su moledero y sus cuchillos, listos para empezar a picar los alimentos y dar inicio a la faena de experta cocinera. El humo con aroma a leña recién cortada, las varillas de café seco y algunas piezas y troncos de poró iban tomando su calor entre las brazas del día anterior. Yo apenas tenía doce años. Y como cada fin de semana, me levantaba de mi cama apenas me llegaba el aroma a cafecito ''chorreao''  y a torta de huevo con tortilla de queso. Al llegar a la cocina de mamá le daba un beso en la frente como símbolo de mi respeto. Y al lado de ella estaba su cafetera toda tiznada de tanto llevar fuego, y que ella dejaría reluciente con un trozo de alambrina después de lavarla.
-¿Va a desayunar papito?-  me decía ella con esa voz dulce que jamás podré olvidar. Y yo solo asentía con la cabeza ya imaginándome el sabor de aquella comida que solo sus manitas ya algo arrugaditas podían preparar.
-Claro ma, que rico desayunar...-  le decía yo con aquellas ganas de empezar mi mañana con el cariño en un plato y el amor en un vaso, como solo mi mamá sabía dármelo.
-Bueno, vaya y se lava la cara y las manos, y se pone zapatos para que no le de frío. Y después va al aparador y me trae dos huevos y si puedes me traes más leña papá-  Me decía con voz algo imperativa.
Inmediatamente me levantaba de la silla desde donde me gustaba verla cocinar. Obedeciendo me aseaba y después, a jalar toda la leña posible para el uso durante el día. Luego pasaba por los dos huevos para que ella los cocinara y desde atrás de la casa se apercibía el aroma a café. ¡Que rico que olía! Era magia para mis sentidos. Luego se escuchaba el sonido de los huevos en el comal cocinándose para luego ponerlos en el plato junto a las tortillas que ella ya había palmeado desde temprano.
Aquel sonido era definitivamente la vida misma dando forma a las cosas por medio de las manitas de mamá. Golpeando con agilidad y estilo la masa para formar el círculo perfecto de la tortilla. Aliñando el producto con el queso que le vendía don José. Dos tortillas enormes hechas con las palmas de sus manitas, con dos huevos fritos y café hecho chorreao en la bolsa de tela.
Ya eran casi las nueve de la mañana, y mamá como todos los días decía :
-Hay que apurarse papá, porque ya por ser las once de la mañana se fue el día, y no hay marcha atrás-
Y si que tenía razón... Apenas daba el medio día y el sol llegaba a su perfección, cuando menos se daba uno cuenta ya el astro rey estaba buscando su descanso. Solo se podían ver los atardeceres en medio de las arboledas, dando sus últimos rayos de calor. La noche saludaba con su ambarino celaje y sus vientos que besando las hojas de las flores danzaban entre el pasto de los potreros.
En la cocina de mamá, solo se notaba el alumbrar del fuego, con alguna que otra candela en las esquinas para iluminarse un poco más. Y recordar todo tan reluciente, los pañitos blancos como un ajito, decía mi abuelo, y los jarros colgando de los clavos bien ordenados todos en un mismo lugar. No había nada que se le escapara. Y al llegar la noche las manos de mi mamita peinando su largo cabello rizado, para luego hacerse un moño y así descansar. El beso de sus labios en mi frente era la señal de que aquel día en mi tierra había llegado a su fin.
Te recuerdo marmita, en tu cocina de leña y en el beso de tu amor en mi rostro con tus manitas siempre diciéndome ... ¡Dios te bendiga!

Rapherty Villalobos Soto
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viernes, 26 de octubre de 2018

LOS POETAS E ISABEL

Mientras la niebla cubría los caminos, en la hondura de Cañales en Puriscal. Unos pasos se escuchaban al majar las piedras de la calle de lastre. Abriéndose paso por el sedero oscurecido por la noche mágica, entre el violinezco canto del grillo y el cantar del viento que se abría paso entre los bambúes.
Tres jóvenes hablaban entre sí en medio de aquella espesura. Imaginando en cual de los tres amigos lograría enamorar al pie del balcón a la pequeña Isabel. En casa de la pretendida, solo las velas se lograban apreciar, entre las ventanas de madera que parecían puertas de palacio esperando la entrada del los enamorados.
La pequeña Isabel, con sus faldas largas hasta los tobillos, y su blusa blanca como la misma paz de aquella noche en cuya luna se mecía el romance bajo la niebla. Sentada en una silla en el balcón de su casa, enredando sus trenzado cabello largo hasta la cintura preparándose para caer pronto en los brazos de Morfeo.
Aquella mujer trigueña, de ojos negros como dos oscuridades distintas en el alma, con su cintura delgada y sus pies calzados con sandalias, el aroma a miel en sus manos como buena campesina y sus ropas quizás algo ahumadas por cocinar en el fongoncito de la casa.
El momento se acercaba, y conforme las horas avanzan, se escuchan mas cerca los andares de los tres enamorados. Pensando y platicando entre ellos ¿Cual de los tres será el elegido por la ''Chabela'' como de cariño le decía su padre?
Estando al pie del balcón dos de los trovadores quedaron enmudecidos, al ver la silueta de don Sebastian paseándose por las tablillas del piso casero. Fumando su pipa, sintiendo la madera en las plantas de sus pies en cada centímetro andado. Con su mirada tosca, con su barba blanca, sus manos resecas por el trabajo en la tierra, y el corazón de un costarricense que ha sabido luchar.
Pero el tercer trovador de allá de los bajos Cañales, en mi lindo Puriscal no se asustó ante tal presencia., y de su voz comenzó el romance de aquella noche mientras la luna se asomaba poco a poquito. Invitando con palabras tiernas y enamoradas a asomar por las ventanas su carita coqueta, a aquella hermosa hoja veranera llamada Isabel.

''Déjame ver tu cara coqueta, mi luna trigueña,
que ya la niebla se va pa' su casa,
mira que si tu papá nos pesca,
estoy segurito que aquí se nos arma''

Don Sebastian escuchó aquellos versos, entre las risas de Chabela y la seriedad que le atacaba. Pero sintió una mano tibia en su hombro y una voz dulce le susurró entonces.
-¡Ay viejito!  no te enojes por esas cosas, recuerda que así llegabas tu a escondidas con tu guitarra a llevarme serenata en las madrugadas.-
Era doña Inez, esposa de Sebastian y madre de Isabel la que le hablaba,  y le recordaba aquellos años de romántico susto en la galantería del cortejo. Mientras abrazados ellos dos escuchaban aquel jovenzuelo poeta enamorando a su Chabela.
Con valor el trovador se esmeraba por llamar la atención de se enamorada. Diciendo sus mejores versos de amor hasta que ella le obsequió una mirada.

''Si supieras cuanto suspira mi alma por verte,
no me tendrías aquí llorando mis penas,
pero algún día se que voy a tenerte,
aunque conmigo se enoje don Sebas''

Se escucharon las carcajadas de los dos. De Isabel y su papá. Y de pronto la puerta se abrió y una voz fuerte le dijo al muchacho.
-Ya hombre creo que ya está bueno, mañana viene pa que hablemos y ya deje que nos vayamos al sueño-

Entre tartamudeos solo asintió con la cabeza, pero tenía su corazón acelerado. Contento porque estaba seguro que sería suya la Chabela. Mientras los otros dos amigos se quedaron como piedras e el suelo después de semejante susto. Se fueron de la mano con el viento y la luna a celebrar porque había ganado quien tuvo más valor.
El romance de las noches del terruño, y los grillos con su baile en lo más y mejor. Aquellos tiempos de enamorados, de poetas y doncellas bellas esperando el amor.
Allá en mi lindo Puriscal...

Rapherty Villalobos Soto
Autor de Ilsuiones
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lunes, 27 de agosto de 2018



''SU GENTE SENCILLA''

''... Entre brumas de agosto, se siente la llovizna tímida cayendo sobre la tierra.  La tarde va abrazando las colinas, y el paso de la noche se acerca a mi hermosa Tierra de Santa Lucía.

-Hola Don Tulio ¿cómo dice que le va yendo desde ay?''- se escucha la voz de una dulce señora.
-Hola Doña Toña, pues aquí llegando del trabajito-  responde con calidez aquel señor.

Se ve la luz encendida de las casitas, entre los cristales de los ventanales que se interponen entre la brisa y el calor de hogar. El ''fogoncito'' encendido a toda braza, con los tizones ardiendo entre el crepitar de la leña  y el humo blanco que transportaba el aroma de los frijolitos arreglados.

- ¡que rico que huele ahi adentro doña Toñita! - se escuchaba la voz tosca pero dulce a la vez de don tulio desde el otro lado de la cerca.
Dos troncos con un remedo de alambre de ''púas'' que apenas y se podía ver ya por el grisaseo de la noche que cantaba con sus grillos el anuncio de su llagada..

 -Véngase pa' acá don Tulio, no quede ahí tan ''solillo''  de todas formas aquí cabe una silla más y total le echamos más agua a los frijoles pa que alcance-

Eso fue como música para los oídos de don Tulio, que no dudó en aprovechar los segundos de invitación para brincarse la cerca y llegar al patio de Toñita.
Mientras tanto el brillo de las luciérnagas era mas notorio, como si fuese un baile de lentejuelas entre la oscuridad que escondía poco a poco los lirios.
Ese aroma de noche quieta y serena, con cielos despejados y una luna bailando entre los cielos que cubren los senderos cafetaleros de Santa Lucía.

Con una pieza de pan, y un plato de frijoles arreglados, don Tulio y Doña Toña sentados  en la mesa de madera  disfrutando aquel momento de amistad entrañable.
El pasar de los años no se notaba en los dos ancianitos que se conocen desde pequeños. Que vieron nacer este pedazo de tierra con su esfuerzo para sus hijos.

La noche ha llegado contenta al baile y los murciélagos dejan sonar sus ''aleteos''  entre la oscuridad como aplaudiendo el concierto de las gotas de rocío que caen de los tejados, anegando las flores de veranera que van reverdeciendo poco a poco durante el invierno.

Se ve una braza tenue,  brillando entre la oscuridad de un pasillo. Don Neno que abrió la puerta y se detuvo en el marco que lleva al saguan a fumarse su tabaco. Aquella pipa de madera que llenaba y no dejaba de besar cada segundo como si estuviese enamorado de ella.

-Buenas noches Don Tulio- sonó desde la puerta la voz de Don Neno...
-Buenas noches don Neno ¿cómo dice que la va desde ay?- dijo don Tulio.
-Pues yo ya voy pal rool , ya está haciendo sueño y voy a morirme un rato hasta que llegue mañana-
exclamó entre risas Don Neno -
-Bueno amigo que descanse en paz - contestó don Tulio entre risas.

Juegos de amigos de muchos años, de gente cálida y hogar en los campos de Puriscal.  Que nostalgia... como para que no se acabara nunca esa gente tan sencilla...

Rapherty Villalobos Soto
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Cae la tarde

 Cae el atardecer sobre las montañas josefinas, se adorna la capital con su frío veraniego dando un matiz ambarino a los pasos de la gente q...